dissabte, 28 de maig de 2016

Maestros de la poesía vol.2

VEINTE POEMAS DE AMOR Y UNA CANCIÓN DESESPERADA.
15


Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Como todas las cosas están llenas de mi alma,
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.

Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
déjame que me calle con el silencio tuyo.

Déjame que te hable también con tu silencio,
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.






WALKING AROUND


Sucede que me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable como un cisne de fieltro
navegando en un mar de origen y ceniza.

El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana.
Sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.

Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.

Sin embargo sería delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería bello
ir por la calle con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío.

No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tripas mojadas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.

No quiero para mí tantas desgracias.
No quiero continuar de raíz y de tumba,
de subterráneo solo, de bodega con muertos
ateridos, muriéndome de pena.

Por eso el día lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
y aúlla en su transcurso como una rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.

Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,
a hospitales donde los huesos salen por la ventana,
a ciertas zapaterías con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas.

Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos
colgando de las puertas de las casas que odio,
hay dentaduras olvidadas en una cafetera,
hay espejos
que debieran haber llorado de vergüenza y espanto,
hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.

Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias.





PABLO NERUDA (1904-1973)



dissabte, 21 de maig de 2016

Maestros de la poesía vol.1






CAMPOS DE CASTILLA. 
PROVERBIOS Y CANTARES


XXIX

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino
sino estelas en la mar.

LIII

Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere
y otra España que bosteza.
Españolito que vienes 
al mundo, te guarde Dios.
Una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.






ANTONIO MACHADO (1875-1939)


(Posdata: hoy empiezo nueva sección en mi blog, con nueva etiqueta, aquí publicaré los poemas que realmente me impacten de lo que vaya leyendo en papel. Mucha gente en Internet lo hace, no soy al primero que se le ocurre precisamente, jajaja...un abrazo a todos los que os paséis por aquí, buen fin de semana....) 



dilluns, 16 de maig de 2016

Días para morir en el paraíso, de Jaime Molina García

Como todo lo que rodea a Jaime Molina García genera revuelo, la publicación de su última y séptima novela, de factoría profesional, Días para morir en el paraíso, no fue menos. Luego de la publicación de La Fundación 2.1 y su evidente irrupción en el mercado editorial español, Jaime repite la fórmula que lo ha llevado a convertirse en uno de los escritores con mayores recursos del panorama actual.
Días para morir en el paraíso, aunque de manera más imprecisa, vuelve a escenarios distópicos y futuros inciertos, normalmente carcomidos por la dudosa moral de una especie humana que se empeña en la autodestrucción. Sin embargo, aquí termina toda similitud con su anterior novela, puesto que, si se quiere, Días para morir en el paraíso alcanza una madurez superior, tanto en la historia como en la complejidad temática, una obra de ciencia ficción mucho más definida y elaborada, desde el comienzo, como un thriller oscuro: señal inequívoca que llevan las grandes obras del género.
Días para morir en el paraíso se sitúa en un mundo-futuro contaminado en el que los habitantes deben pagar por el aire, como hoy se paga por el agua, para sobrevivir. Naturalmente, ese mundo de nombre Antagón, está controlado por una corporación que ostenta el monopolio del aire, encarnada por el magnate Volpi, que su muerte ha levantado una tormenta de suspicacias. A partir de allí, la historia va in crescendo y se lee con agilidad y ansiedad.
El agente Vidal —un antihéroe con miserias y bajezas— es reclutado por el poderoso Ministerio de Información con el fin de desentrañar pequeños casos sin importancia, pero la soledad y el aburrimiento lo llevarán por caminos vedados a personas de baja estopa, hasta toparse con un antiguo archivo que le señala una pista que no podrá dejar escapar: posiblemente el multimillonario Volpi siga vivo y esté preparando su próxima jugada. Para localizarlo, Vidal deberá seguir las pistas que dejaron Renian, su predecesor en el cargo y Antera, una ecoactivista que en el pasado fue confidente y amante de Renian.

Como en el viaje de autoconciencia que emprende Ulises, también Vidal descubrirá que todo cuanto creía está construido sobre una mentira y que para conocer la verdad tendrá que estar dispuesto pagar un precio muy alto. Erigida sobre todos los ingredientes que hacen a la ciencia ficción un género fascinante —intriga, imaginación, originalidad, redención—, Días para morir en el paraíso se destaca por su buena factura, una obra para recomendar y guardar a Jaime Molina García en el rincón de autores preferidos.






dissabte, 14 de maig de 2016

Ocaso






Caminaron por la senda bajo la ecléctica red que formaban las ramas entrelazadas de los pinos, pisando la mullida alfombra que ofrecían los resecos manojos de agujas caídos al suelo. El camino estaba plagado de excursionistas, siendo un domingo embutido en mitad de un largo puente, pero la falta de intimidad era un precio razonable a pagar a cambio de la belleza del paisaje. Llegaron a la primera gorga, la más grande del itinerario, y ante la muchedumbre que se bañaba o se hacía fotos en la orilla decidieron buscar la siguiente, más pequeña, más escondida, a la que se llegaba tras un tramo de ligera cuesta abajo. Se bañaron en el agua gélida, sacaron buenas fotos, la luz le daba al agua unos tonos verde azulados dignos de la paleta de un pintor experto, y cuando el Sol desapareció detrás del muro por el que fluía la corriente de  agua se vistieron, se rozaron distraídamente los labios y reemprendieron la caminata con el cuerpo aún tonificado por el chapuzón. Se bañaron en las tres gorgas que encontraron, a pesar del frío que hacía cuando el Sol se ocultaba, y bien entrada la tarde volvieron a encontrarse en el camino que llevaba al albergue. Somnolientos, con las piernas pesadas, con el cuerpo acribillado por las agujas de la sangre desperezada, se cogieron de la mano, se sonrieron, volvieron a juntar los labios, y ella rodeó la cintura de él con su fino brazo cargado de pulseras. Medio kilómetro antes de llegar al albergue había un mirador con vistas al valle, por allí se ponía el Sol todas las tardes, y esa tarde la puesta de Sol era naranja, como una bombona de butano, como una naranja de Valencia, como un chaleco reflectante...se sentaron en un banco y la miraron embobados, sin mediar palabra, sus lenguas estaban perezosas y resecas y no querían participar del momento, de aquel colofón colorista a una tarde bien aprovechada. Ella simplemente posó la cabeza en el hombro de él y suspiró, y así se quedaron hasta que el Sol se zambulló en el horizonte. No pensaban en nada, habían conseguido un momento perfecto y, vaya...todos sabemos lo caro que va eso.





Pintura cedida por CLOTILDE ROMÁN


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