dissabte, 3 d’octubre de 2015

piedras

Entré como un ciclón en la habitación del motel y di tres vueltas a la llave. Aparté la cortina y miré hacia abajo, mi habitación estaba en un quinto piso, y desde mi ventana los coches que circulaban por la calzada parecían de juguete. Lancé el maletín lleno de pedruscos contra la cabecera de la cama, el maletín se abrió y unos cuantos  diamantes se esparcieron por el colchón. Oh, por Dios, cómo se tuercen las cosas que empiezan mal...la imagen de mi compinche saltando tras los impactos de las balas no se me borraba de la cabeza. Por Dios, por Dios, vaya panorama...creía en Dios a pesar de ser ladrón profesional, mi agente de la condicional lo atribuía a una "perversión en la configuración de mi sistema de valores", y jamás en mi vida entendí que diablos quería decir con eso. El cartel luminoso del motel parpadeaba, y sus luces de colores se reflejaban en mi cara, me hacían daño en los ojos pero no quería cerrarlos, necesitaba controlar el tráfico de la calle. Los diamantes seguían allí, tan inútiles como yo mismo. Oí las sirenas antes de verlas aparecer a lo lejos, calle arriba, y no moví ni un músculo hasta que los coches de policía estacionaron frente a la puerta del motel. Acaricié la culata de mi revólver, lo saqué del bolsillo, acaricié el forro de madera y de repente lo vi todo más claro. Oh, por Dios, desde luego que lo vi claro...







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