dissabte, 24 d’octubre de 2015

haikús vol.9

Desierto muerto
lagunas desecadas
flores de cartón






Noches estuve
perdido en la masa
buscando marfil






Calles oscuras 
que huelen a escombros
ayer no te vi






Amor que fluye
estación del olvido
cena para dos






A veces busco
en refugios extraños
la sal de tu piel






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dissabte, 17 d’octubre de 2015

haikús vol.8

Humo espeso
pupilas lacrimosas
colcha caliente






Deseos rotos
astillas en el alma
consuelo breve






Grito airado
postura de combate
silencio tenso






Ataúd negro
salón desvencijado
dolor culpable






Piel de ébano
tacto agradecido
vidrios cómplices






Bañera llena
vapor en los espejos
noches de satén






Pasión animal
mujeres espantadas
drama moderno






dissabte, 10 d’octubre de 2015

haikús vol.7

Montañas altas
horizontes lejanos
azul celeste






Aguas prístinas
quimeras transparentes
lotos sedientos






Luna helada
estrellas temblorosas
día cercano






Amor callado
sufrimiento discreto
la vida sigue






Olor a humo
saxo desafinado
ciudad insomne






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dissabte, 3 d’octubre de 2015

piedras

Entré como un ciclón en la habitación del motel y di tres vueltas a la llave. Aparté la cortina y miré hacia abajo, mi habitación estaba en un quinto piso, y desde mi ventana los coches que circulaban por la calzada parecían de juguete. Lancé el maletín lleno de pedruscos contra la cabecera de la cama, el maletín se abrió y unos cuantos  diamantes se esparcieron por el colchón. Oh, por Dios, cómo se tuercen las cosas que empiezan mal...la imagen de mi compinche saltando tras los impactos de las balas no se me borraba de la cabeza. Por Dios, por Dios, vaya panorama...creía en Dios a pesar de ser ladrón profesional, mi agente de la condicional lo atribuía a una "perversión en la configuración de mi sistema de valores", y jamás en mi vida entendí que diablos quería decir con eso. El cartel luminoso del motel parpadeaba, y sus luces de colores se reflejaban en mi cara, me hacían daño en los ojos pero no quería cerrarlos, necesitaba controlar el tráfico de la calle. Los diamantes seguían allí, tan inútiles como yo mismo. Oí las sirenas antes de verlas aparecer a lo lejos, calle arriba, y no moví ni un músculo hasta que los coches de policía estacionaron frente a la puerta del motel. Acaricié la culata de mi revólver, lo saqué del bolsillo, acaricié el forro de madera y de repente lo vi todo más claro. Oh, por Dios, desde luego que lo vi claro...







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