diumenge, 3 de novembre de 2013

María

-Hola, buenas tardes, pasad, pasad, gracias por la visita.








     La casa era, sin exagerar, poco menos que fastuosa. El salón era amplísimo, y recordaba por sus hileras inacabables de muebles antiguos repletos de libros a las bibliotecas privadas de mansiones de gente acomodada que tantas veces había visto en el cine. El mobiliario, y la enorme y ornamentada lámpara que colgaba del techo,  produjeron en mi ánimo la ilusoria sensación de haber penetrado en el pasado con el simple hecho de haber aceptado la invitación de la señora Sistachs. La mesa baja a la que nos íbamos a sentar estaba hecha de una madera oscura y fina, y estaba rodeada de mullidas butacas de una antigüedad muy acorde con los elementos que llenaban parcialmente aquella sala de estar, más grande que muchos de los pisos que había visitado a lo largo de mi vida.

-No se quejará de falta de espacio, señora María –le dijo Pilar mientras se quitaba la chaqueta.

-No, y más ahora que la casa está vacía, a veces tengo la sensación de vivir en un castillo.

-Pues yo no he visto el foso por ninguna parte –dije.

-Ay, este Alex, qué cosas tiene –dijo Pilar poniendo cara de circunstancias.

-No, no hay foso, pero como te portes mal soltaré al cocodrilo –dijo María sonriendo y sentándose en una butaca.

     Pilar y yo la imitamos, los tres formábamos un triángulo isósceles alrededor de la mesita. La señora María no aparentaba los ochenta años que tenía, quizás por su cabello teñido de caoba, ondulado y abundante, y por la ligera capa de maquillaje que se había puesto para la ocasión. Era una mujer alta y enjuta, seca de cuerpo pero no de carácter, como había demostrado siguiéndome la corriente con la broma del foso. Su catalán era impoluto, como su apellido y su casa situada en pleno Pedralbes hacían suponer a priori.

-Qué muebles más bonitos tiene usted, y qué cantidad de libros, hay centenares de ellos –le dijo Pilar.

-Es uno de los pocos placeres que me queda, la verdad. Sentarme al Sol en el jardín cuando hace buen tiempo o en esta butaca cuando hace frío y releer alguno de los libros que me han acompañado desde que llegué aquí.

-Es una suerte que pueda usted leer, a sus años. Que los lleva usted estupendamente, no quería decir lo contrario –añadió Pilar halagándola- ¿A que sí, Alex, a que no aparenta la edad que tiene?

     Yo ya conocía sobradamente aquella fórmula de cortesía destinada a elevar el ánimo de nuestras contertulias, y asentí inmediatamente, aunque no estaba seguro de que fuera a funcionar con una señora tan leída. Era verdad que parecía tener menos de ochenta años, pero ciertamente María nos tumbó rápidamente la estrategia.

-Anda, que eso se lo diréis a todas.

     Pilar vaciló un instante, pero fue ágil en la respuesta.

-No señora, a todas no, sólo lo decimos cuando es verdad. ¿A que sí, Alex, a que sólo lo decimos cuando es verdad?

-Sí, sí, por supuesto.

     Pensé que una verdad a medias, a veces, puede convertirse en una sonada victoria, y me dediqué a seguir con atención el diálogo que se entabló entre nuestra anfitriona y mi compañera.

-¿Y pasea usted mucho, sale a la calle con frecuencia?

-Cada vez menos, los años no perdonan –respondió María-. Cada vez me gusta más quedarme aquí con mis recuerdos y leer.

-Es como tener una biblioteca dentro de casa, debe ser difícil aburrirse con semejante colección –comenté.

-Muchos eran de mi marido, en paz descanse. Por él me aficioné a la lectura, yo de joven leía más bien poco, algún que otro folletín y poca cosa más…alguna novela romántica o de aventuras, quizás, Dumas y todo eso…por mi edad ya podrás intuir que no es nada extraño que tenga gustos decimonónicos.

     Sonreí ampliamente ante el gracioso comentario de María, que a continuación nos explicó una anécdota que tenía bien poco de folletinesca.

-No salgo mucho a la calle, pero es que bien pocas ganas me han quedado después de las últimas veces que bajé al centro.

-¿Le pasó algo, que ya no baja? –quiso saber Pilar.

-Me han atracado ya tres veces. Tres veces, en el centro, y la última vez que me robaron me agarré con tanta fuerza al bolso que me tiraron al suelo y me hice un chichón al caer.

-Qué brutos también, lo que hay que oír –murmuró Pilar.

-Mucha necesidad habré de tener para volver a bajar por esos barrios, aunque quizás aquí me podría haber pasado lo mismo. Claro que la culpa es mía por bajar a la calle vestida de gala y con mis joyas…aunque tarde, parece que la vida quiere enseñarme a ser discreta.

-Es triste que pasen estas cosas, pero es que la vida está muy mal últimamente –dijo Pilar.

-Mira, cariño, yo puedo llegar a comprender que alguien hambriento tenga que buscarse la vida, pero no creo que para eso sea necesario ir abriendo cabezas de ancianas indefensas…en fin, qué le vamos a hacer…aquí estamos, ¿no? Y vosotros, ¿qué me contáis? Sólo habéis venido dos, normalmente a las tertulias acude más gente, ¿no?

-Nuestros compañeros están hasta arriba de trabajo, les era imposible venir –explicó Pilar.

-Bueno, nosotros nos apañaremos –dijo María-. ¿Queréis un té? Tengo té ayurvédico, es un poco picante pero está bueno, ¿hago una tetera?

-No se moleste, María, que hemos traído pastelitos y zumo –dijo Pilar.

-No me cuesta nada, antes de que llegarais me iba a hacer uno. ¿Tú quieres un té, guapo?

-Como usted quiera.

-Venid conmigo, acompañadme a la cocina.

     La oscuridad soñolienta que sellaba las habitaciones cobijaba aún más librerías y más mobiliario añejo y vetusto. Sillas, mecedoras, camas, algún que otro reloj de pared con sus monótonos péndulos, enormes crucifijos custodiando las cabeceras de las camas…todo parecía sacado del almacén de un anticuario, todo menos la cocina, que había sido reformada recientemente y que era como un oasis de modernidad blanca entre tanto objeto de antes de la guerra. La señora Sistachs hablaba y hablaba mientras preparaba el té, el olor que me llegaba de la tetera me transportó en el acto a un piso de Girona, a un comedor repleto de amigos, visualicé de nuevo los vasos llenándose de té en el cazo, vi de nuevo el rostro cansado de un amigo desaparecido…

-…pues aunque no quiera voy a tener que moverme en breve, porque no hay ningún herbolario por aquí cerca y se me está acabando el té –decía mientras sacaba una bandeja de un armario de la cocina.

-¿No viene a su casa nadie para ayudarla? –le preguntó Pilar.

-No, de momento soy capaz de valerme por mí misma.

-Su hija, claro, no podrá ayudarla viviendo donde vive…es que nos dan información sobre nuestros contertulios cuando nos envían sus direcciones.

-Sí que vive un poco lejos, sí…sólo la veo en Navidad, no tenemos una relación muy estrecha que digamos.

     El tono en que fue hecha aquella confesión me incomodó, María no había podido ocultar del todo un punto de resentimiento en su voz.

-A veces me llama durante la semana, otras veces se olvida…la verdad es que mi hija está muy ocupada criando a sus hijos, ha sido una madre tardía, la más pequeña de mis nietas aún no va al instituto.

-¿Es su única hija, verdad? –inquirió Pilar.

-No, tengo tres nietos.

-No, no, me refiero a usted, le pregunto si es la única hija que tuvo usted.

-Ah, sí, fue hija única…mi marido la mimaba más…era su princesa, la reina absoluta de la casa, le permitía todos sus caprichos…era curioso, porque era yo la que a veces tenía que frenarla y echarle algún sermón, mi marido y yo para eso nos cambiamos los papeles de la forma más natural. Es que él estaba cegado con su niña, la niña para arriba, la niña para abajo…y luego, claro, cuando se hizo mayor siguió imponiendo su ley, cualquiera le llevaba la contraria a la señorita…

     Pilar y yo comprendimos que era mejor no hacer ningún comentario y dejar que María continuara hablando de su hija.

-…primero fueron las discotecas, salía lo que quería y más. Ernest, mi marido, siempre me decía que la dejara en paz, que la niña tenía que divertirse, que estaba en la edad, y yo la consentía igual que él…cuando se hizo un poco más mayor empezó a viajar, mi hija se ha recorrido medio mundo, no paraba, cuando no era por estudios era por placer, cuando era por placer era generalmente para verse con algún chico…

-Tuve una amiga parecida, muy mochilera ella –comenté.

-¿Mochilera? ¡Ja! Ya me hubiera gustado a mí que hubiera salido hippie…no, qué va, si me salió sofisticada la niña, sus hotelitos y sus pisitos en el centro de París no se los quitaba nadie, hasta tuvo un novio parisiense, uno que yo supiese, estuvo a punto de casarse con él…y ahora, mírala, en Almería que está…y que conste que no tengo nada en contra de esa ciudad, Andalucía es una tierra preciosa, pero vaya, Almería no es París o Roma, como bien podréis suponer.

     Pilar y yo seguíamos sin decir nada, ni podíamos contradecirla ni mucho menos meternos con su hija, por lo que estábamos mejor callados.

-…es que yo me la quiero mucho a mi hija, sólo faltaría, ella ha llevado la vida que ha querido llevar y no la juzgo, pero a veces pienso que a la gente excesivamente caprichosa no le debe ser fácil encontrar un equilibrio, un estado de felicidad que les dure demasiado…dura lo que tarda en aflorar el siguiente capricho, y es difícil salir de esa dinámica…qué curiosa es la vida, aquí hablando de mi hija con unos desconocidos, hablando de temas que no le plantearía jamás a ella. A veces es más fácil hablar de cosas personales con desconocidos, así no te arriesgas a herir los sentimientos de los seres queridos, pero algo me dice que es un poco como el mundo al revés.

-Qué bien se expresa, María, como un libro abierto –le dijo Pilar.

-Son muchos años ya, cariño, y muchas horas de lectura. Sólo añadir, y prometo parar ya de hablar de mi familia, que al menos mi marido era justo, y también me lo consentía a mí todo. Era todo un caballero mi Ernest, y teníamos una conexión extraordinaria, nada usual.

-Usted puede hablar de su familia todo lo que quiera, faltaría más –dijo Pilar haciendo un aspaviento con la mano.

-Bueno, no hay mucho más que contar, fuimos una familia reducida pero feliz, mi marido no era mucho de salir de visita, entre su trabajo, nosotras y sus libros poco tiempo le quedaba para otras ocupaciones…

     Su marido había sido uno de los empresarios catalanes más destacados de su generación, y con sus beneficios había adquirido aquel palacete y había podido pagar las facturas propias y las de su hija. María nos habló unos minutos de su marido, aunque se notaba que no quería entrar en detalles o intimidades, sus palabras nos pintaron a grandes rasgos el retrato de un hombre curiosamente austero y de una normalidad casi insólita, muy alejada de la crónica de alta sociedad que esperábamos escuchar.

-¿Y no se siente usted sola en esta casa tan grande? –le preguntó Pilar al concluir María su discurso.

-No, no creas, leyendo se me pasa el día volando, no suelo pensar mucho en mi soledad.

-¿Nunca le ha planteado su hija el que se vaya a vivir con ella?

-Pues así directamente no, pero las puertas de su casa las tengo abiertas siempre que me apetezca. Pero es que no sé si me adaptaría a vivir con ella, primero porque me moriría de calor, y segundo porque esta casa ejerce sobre mí un influjo abrumador…los libros, los muebles, el jardín, los recuerdos que me traen… ¿habéis visto “Los Otros”, la película de Amenábar, la de los fantasmas? Estoy convencida de que si realmente hay otra vida me quedaré vagando por esta casa como alma en pena…de hecho le estoy recortando ya los ojos a una sábana vieja que tengo por ahí.

-Y no se olvide de las cadenas, le dan mucho empaque a un espectro –le dije.

-Con cadenas y todo el equipo completo. ¿Quieres otra tacita de té, guapo? No te cortes, sírvete más.

-Gracias.

-Está muy bien esto que hacéis, la gente a la que visitáis os debe quedar muy agradecida.

-Sí, la gente mayor suele ser muy agradecida –dijo Pilar.

-Nosotros también nos lo pasamos bien, se lo aseguro –añadí-. Al menos a mí me encanta que me cuenten historias.

-Otra cosa no, pero a la gente mayor no les faltan historias que contar –dijo María.

-La experiencia es un grado –dijo Pilar.

-Podríais pasaros a ver a una vecina mía, que también está más sola que la una. La pobre tiene noventa y cuatro años y juraría que no la visita nadie excepto yo y los trabajadores sociales que van a su casa.

-¿Noventa y cuatro años y vive sola? –preguntó Pilar.

-Sí, pero no creáis, ¡si la mujer está mejor que yo! La tendríais que ver subiendo escaleras, le cambiaba ahora mismo mi condición física con los ojos cerrados.

-Y los trabajadores sociales que la visitan, ¿no le han dado el teléfono de nuestra asociación? –inquirió Pilar.

-No, no la visita nadie salvo los hijos, los fines de semana, algún rato por las tardes. Esa señora es un caso, está totalmente atrapada en los cuarenta; Clark Gable, Humphrey Bogart, Mirna Loy…siempre está viendo películas. Se pone unos cascos enormes que parecen orejeras y se tira todo el santo día delante de la pantalla.

-Bueno, mejor que esté con Clark Gable que con…

     La expresión severa de Pilar me hizo caer en la cuenta de que había estado a punto de hacer una de esas observaciones críticas y subjetivas que en la asociación nos recomendaban evitar.

-¿Sí, decías? –me preguntó María sonriendo burlonamente.

-Nada, oiga, que si le gusta el cine clásico…

-A mí también me encanta el Hollywood de aquellos años, pero a ver, no creo que estar viendo siempre las mismas películas una y otra vez tenga mucho sentido…hay que renovarse, a mí me gustan Amenábar, Almodóvar, Nicole Kidman, Brad Pitt, ¿verdad que me entendéis?

-Sí, claro.

-Claro que, con la de tiempo que hace que no voy al videoclub y que mi hija no me pasa películas, a lo mejor éstos que he dicho son ya clásicos, quién sabe…a mí de todas formas lo que más me gusta es leer.

     La tertulia pudo haber tomado muchos caminos, pero la señora María la condujo hacia un relajado debate literario; por el espacio de una hora aquello pareció más un club de lectura que una tertulia al uso. Hubo un momento en que me pudo la curiosidad y me alcé de la butaca en la que estaba sentado para repasar con la mirada las filas de libros que se extendían a lo largo de las paredes del salón. Había de todo, filosofía, historia, psicología, poesía, novelas…desde ediciones de lujo de Platón o Shakespeare ajadas y descoloridas por los años hasta ediciones modernas de escritores rabiosamente actuales como Paul Auster o Philip Roth. Una delgada lámina de polvo amarillento revestía las librerías, adherida a la madera como una media de seda a la pierna que le da la forma. María era decididamente decimonónica en sus preferencias, coincidimos en nuestra predilección por Balzac, y me recomendó encarecidamente que leyera obras y cuentos de Chéjov. Pensé fugazmente que si esas lecturas sonaban desfasadas en boca de una mujer de ochenta años, cómo sonarían en la mía…era mejor no pensarlo. Pilar no se quedaba atrás en la conversación, también contaba con muchas lecturas a sus espaldas, y acabó haciendo un comentario de lo más atinado teniendo en cuenta la pantagruélica colección de libros que apuntalaba la estancia.






 

-Qué raro que usted o su marido no tuvieran nunca afición a escribir. Con toda esta base de datos, no habría sido extraño que alguno de los dos se hubiera animado.

-Sí, habría sido una posibilidad, pero nos faltaba imaginación. Y eso que habilidad no le faltaba a mi marido, era un hombre polifacético. Era capaz de escribirme poemas que habrían hecho sonrojarse a la mismísima Corín Tellado, pero también fue capaz de escribirle un libro a un forense amigo nuestro…no el contenido y los datos científicos, evidentemente, lo que hizo fue ordenárselo y estructurárselo, hacérselo más literario. Pero bueno, qué se le va a hacer, quizás la vida de Ernest junto a mí no fue todo lo agitada que se le presupone a un escritor.

-No se crea, a veces escribir es lo más parecido que hay a trabajar en una oficina –dije dando a entender más de lo que quería.

-Bueno, ha sido una charla muy agradable, señora María, pero ahora nos tenemos que ir –dijo Pilar, que llevaba un rato mirando su reloj de pulsera.

-De acuerdo, guapos. Vamos, que os acompaño hasta la puerta. Y cuidado con el cocodrilo, ¿eh?

     María nos despidió desde la puerta agitando la mano y con una amplia sonrisa ensanchando su flaco rostro. Se arrebujó en su chal como si una ráfaga de aire la hubiera incomodado, y se metió en su casa antes de que nosotros hubiéramos salido de aquel jardín con aroma a hierba fresca y a menta.

-¿Qué, Alex, te van gustando las tertulias? –me preguntó Pilar cuando salimos a la calle.

-Sí, la verdad, no esperaba encontrarme con señoras así.

-Bueno, hay de todo, ya te encontrarás con otro tipo de gente. Aunque ahora no te lo parezca, también hay abuelitas enganchadas a sus culebrones y a sus revistas. Estamos visitando a mujeres muy poco convencionales últimamente. Yo me quedo aquí en el bus, ¿vienes en bus tú también?

-No, daré un paseo. Adéu, Pilar.

-Adéu.

     Eché a andar; se había levantado un poco de viento, y me subí la cremallera de la chaqueta para taparme el cuello. Había asistido una vez más, sin ser siquiera una confirmación, lo había visto y leído cuarenta veces ya, al hecho de que el nivel económico de las personas, que tantas veces va parejo a la cantidad de tiempo libre disponible, suele ser directamente proporcional al nivel cultural que dichas personas presentan. Aunque, claro está, siempre existirían los hijos rebeldes, las excepciones a la regla, y las flores en el desierto.

 

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