dimarts, 17 de setembre de 2013

Huxley dijo

 
 
 
 




Alquilamos aquella casita en la Costa Brava y no nos detuvimos ni dos minutos a admirarla, cogimos las toallas y las mochilas y fuimos corriendo a la playa para aprovechar las horas centrales de un Sol paliducho, decaído, casi otoñal, que doraba las fachadas blancas del pueblo. Nos tiramos al agua desde los acantilados, curiosa sensación la de jugarnos el físico para sentirnos más vivos, conquistamos un islote, y fantaseamos sobre cómo serían nuestros veranos disponiendo de una barquita con motor fuera borda. Tampoco hacía falta que fuera muy grande, una barquita con la que recorrer la silueta de la costa y buscar calas escondidas donde bañarnos desnudos, donde ser Adán y Eva nuevamente, pero motorizados, eso sí, aprovechando los avances de la técnica. Nos bañamos hasta quedarnos arrugados, luego nos entró hambre, y fuimos a comer a un restaurante del pueblo. Empecé a preguntarme, en voz alta, claro, para que lo oyeras tú con aquellas orejitas pequeñas y algo salidas que adornaban tu rostro, qué diferencia podía haber entre tirarnos de un acantilado y tirarnos en paracaídas, al fin y al cabo la sensación era la misma, sólo cambiaba el intervalo de tiempo. “Una diferencia de altura”, contestaste sonriendo y meneando la cabeza, y a mí me hizo mucha gracia, a pesar de que, como doble sentido o juego de palabras, era más bien simple, rudimentario, de andar por casa. Luego te pedí perdón, confesé que era absurdo que un hombre aquejado de vértigo anduviese pensando en semejantes proezas, tú me perdonaste, queremos lo que no tenemos, yo quizás quería eso, vencer mis miedos, aunque tampoco estaba mal tirarse de un acantilado teniendo vértigo…la paella estaba exquisita, me dio pena que se acabase, y entre cafés, chupitos y copas se nos fue la tarde, regresamos a nuestra casa provisional cuando el Sol estaba prácticamente hundiéndose entre los montes. Luego no sé qué pasó…la ducha, claro, después echaste una breve cabezada, no teníamos ganas de cenar, y no sé cómo, algo diría, quizás alguna obscenidad bien encajada, contigo solía funcionar, pero nos enganchamos y ya no salimos a la calle hasta el día siguiente. Me dejaste más seco que la arena del desierto, me convertiste en el más incompetente de todos los grifos, y luego vimos amanecer desde el sofá, vimos nacer el globo naranja que salpicaba el Mar, y me vinieron frases ajenas a la mente; una era que la felicidad no tiene historia, que la felicidad es para vivirla, no para contarla, y la otra era de Huxley, que decía que en un mundo perfecto y feliz el arte se resentiría mucho, que perdería gran parte de su fuerza y de su emotividad. Difícil elección, la felicidad o el arte, el padre o la madre, tú me dijiste que me callase, que disfrutase del amanecer, pero yo aún te pregunté si podríamos seguir permitiéndonos aquellos lujos escribiendo nuestras felicidades. “Cállate”, reiteraste. “Quizás Huxley quería decir eso”, dije yo. “Que la felicidad no vende libros”. En el fondo sabía que era así. Es lo que hay. Y se acabó.




 
 
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