diumenge, 28 d’abril de 2013

Carme


Bajé por la calle Bailén y doblé hacia la derecha en cuanto llegué a la calle Aragó. Me dirigía a mi primera tertulia; había quedado con una voluntaria, cinco minutos antes de la visita, delante del bloque de la persona mayor a la que íbamos a visitar. Estaba nervioso, el típico miedo a lo desconocido me había estado aguijoneando toda la semana; no había hecho más que preguntarme si me iba a gustar, si mi comportamiento iba a ser el adecuado…pero esos pensamientos, que por una parte me atenazaban y me causaban cierta incomodidad, en cierta manera también me espoleaban, porque alimentaban una curiosidad que iba creciendo a medida que me acercaba a la dirección que me habían dado. Me lié un cigarrillo en la puerta y esperé a que llegara mi compañera, que apenas tardó un par de minutos en aparecer.
-Hola, ¿eres el chico nuevo de las tertulias? –me preguntó una mujer de mediana edad con los ojos de un azul casi transparente.
-Sí, ¿eres de la asociación?
-Sí, me llamo Marina, encantada. Y éste es mi hijo, Jordi.
     Venía acompañada por un chaval, apenas un adolescente. El padre debía ser suramericano, o a lo mejor el chico era adoptado, porque Jordi tenía la piel cobriza, el pelo lacio y negrísimo…resumiendo, todos los atributos propios de los suramericanos. Nos saludamos y nos quedamos unos instantes en silencio, mientras la madre sacaba un cigarrillo de su bolso.
-¿Es tu primera tertulia? –me preguntó Marina.
-Sí, es la primera. Estoy un poco nervioso, pero tengo ganas de subir.
-No te pongas nervioso, que no pasa nada. Esto no es como el acompañamiento semanal. En las tertulias, al ir en grupo, si un día uno está con menos ganas de hablar estamos los demás para cubrirle.
-Ya. ¿Cuánta gente seremos? –pregunté.
-Seremos cinco, si vienen todos…hoy a la que tendréis que echar una mano va a ser a mí, porque estoy más cansada…acabo de tragarme tres horas al volante, he venido desde Lleida conduciendo sin parar para llegar a tiempo a la tertulia.
-¿Por trabajo?
-Sí, he ido a inspeccionar una presa, me he tirado casi seis horas al volante entre ir y volver y estoy saturada.
-Veo que a pesar de todo te ha dado tiempo a comprar la merienda –comenté señalando la bolsa que Marina llevaba colgando del brazo.
-Bueno, ya la tenía preparada, la he recogido al ir a buscar a mi hijo.
     Miré al chaval y pensé que era una gran idea por parte de la madre involucrar a su hijo en el voluntariado; aparte de ser una buena excusa para hacer algo juntos, a nivel educativo podía reportar al chico muchos beneficios, como el poder conversar con personas de un sector de la población al que, exceptuando sus propios abuelos, tendría un difícil acceso por otras vías. En ese momento apareció al final de la calle un hombre al que había conocido en el taller de animación sociocultural. Con él éramos cuatro, y Marina decidió que podíamos ir subiendo.
-Éste es Alex, es un voluntario nuevo –le dijo Marina.
-Ya le conozco, estuvo en el curso de la semana pasada –dijo Oriol en catalán.
-Buenas tardes, Oriol.
-Ah, ¿eres catalán? –me preguntó Marina al oírme cambiar de idioma.
-Sí, soy de aquí.
-Pues hablamos en catalán a partir de ahora, ¿vale?
-Vale, ningún problema.
     A partir de ese momento ya hablaríamos en catalán el resto de la tarde. 
-¿Subimos ya, no? –le preguntó Oriol a Marina, que ya estaba picando al piso de la usuaria.
-Sí, ya son y media. El otro chico ya vendrá.
     Nos abrieron la puerta y cogimos el ascensor para subir al piso de Carme, que era el nombre de la señora que íbamos a visitar.
-Ya verás cómo al final de la visita la señora nos enseña el piso –me dijo Marina-. Es un clásico.
-Normal –dije-. No deben tener muchas ganas de que nos vayamos.
     Nos recibió una mujer sonriente, visiblemente contenta, y que aparentaba menos de los ochenta y dos años que salían reflejados en el correo electrónico informativo. Quizás era por el cabello que llevaba teñido de rubio, o porque su rostro apenas presentaba manchas o arrugas que lo avejentasen. Después de los saludos y los besos de rigor nos hizo pasar a un salón pequeño y bien iluminado con un balconcito adosado que daba a la calle Aragó.
-Bueno, señora Carme, ya estamos aquí, ¿qué tal está? –le preguntó Marina después de sentarse en una de las sillas que rodeaban la mesa donde íbamos a merendar.
-Ay, muy bien, si no fuera por este calor estaría mejor –contestó Carme sentándose en el sofá.
-Sí que hace calor, sí, falta poco para el verano ya.
     La decoración del piso era clásica y sobria, una sobriedad rota en algunos puntos por cuadros con diferentes motivos que colgaban de las paredes: una mujer con los senos desnudos, otra mujer envuelta en un vestido, blanco y vaporoso como una gasa, mojándose los pies en la orilla del Mar, una reproducción de la catedral de Notre-Dame de París…pero lo que más llamaba la atención era el mueble donde reposaba el televisor apagado, que estaba invadido por fotos de la familia. Una de ellas, enmarcada y colocada justo encima de la tele, mostraba a Carme y al que debió ser su marido ya entrados en años, en actitud cariñosa, sonriendo a la cámara, sentados ante los restos de un banquete. Al verla sola en la casa, recordé el correo electrónico en el que nos informaron que la señora era viuda. Marina, que había decidido espontáneamente ser la voz cantante de la reunión, preguntó a Carme por las innumerables cajas de medicamentos que había desparramadas en una mesita de madera, junto al teléfono fijo.






 
-Ay, parezco una farmacia, cariño –dijo Carme-. Hasta he de ponerme el reloj para recordar las horas en que las he de tomar. Me dan pastillas para la presión arterial, para el corazón, para el azúcar…
     Supuse que aquello iba a ser una constante, escuchar a nuestros anfitriones hablar de sus enfermedades y de los achaques inherentes a lo avanzado de su edad…y no sólo escuchar eso, sino todo lo que desearan contarnos; debían tener ganas de hablar por los codos, con tanta soledad como algunos de ellos debían padecer. La señora hablaba con fluidez, parecía tener sus facultades intelectuales íntegras, y pasó a relatarnos un suceso relacionado con su estado de salud que me puso los pelos de punta.
-…pero bueno, ahora aún puedo estar contenta, si llegáis a venir dos meses antes me encontráis con bastón. Sufrí una trombosis que casi no la cuento. Menos mal que el día que me dio tenía el móvil al alcance de la mano y pude llamar al vecino de abajo, un chico la mar de agradable que sube a veces a hacerme compañía y a preguntarme qué tal estoy, porque si no…
-¿No llamó usted a emergencias? –le preguntó Oriol.
-No, en aquel momento no sé qué me pasó, pero mi primera reacción fue llamar a este chico, y él fue quien llamó a la ambulancia y a los bomberos. El ascensor estaba estropeado, me tuvieron que atar a una camilla y sacarme por la ventana…menos mal que estaba medio grogui, porque si no…qué espanto, a mi edad, viviendo en un séptimo piso como vivo, con el miedo que me han dado siempre las alturas…
     Escuchando aquello, empecé a entender por qué lo más deseado por la gente es llegar a viejos bien de salud.
-Bueno, pero ahora está bien, ¿no? –se interesó Marina.
-Sí, aquello ya pasó, por suerte no me ha vuelto a ocurrir. Pero es que la edad no perdona, cariño…me cuesta mucho caminar, me mareo con frecuencia, me las veo y me las deseo para llegar al mercado y hacer la compra.
-¿No tiene una asistenta social para que le vaya a hacer la compra? –continuó Marina.
-Ya me dice el chico de la asociación que pida una, pero de momento, mientras pueda, prefiero hacerme las cosas yo misma.
-¿Se refiere al chico que le hace el acompañamiento semanal? –inquirió Oriol.
-Sí, un chico de vuestra asociación, se llama Francesc, es más simpático él…hace ya un año que viene aquí a casa, los martes por la tarde.
-Qué bien, así ya no está usted tan sola, ¿verdad, señora Carme? –comentó Oriol.
-Me hace mucha ilusión cuando viene a casa –dijo Carme quitándose las gafas y dejándolas colgar de su cuello-. Aunque yo no estoy siempre sola, no os creáis, entre el vecino de abajo y mi hijo, que siempre que puede viene a verme, al menos tengo alguien con quien hablar de vez en cuando.
-¿Vive cerca de usted, su hijo? –quiso saber Marina.
-Cuando está en Barcelona sí…
-¿Que viaja mucho?
-Uy, sí, siempre está de arriba abajo, me recuerda a su padre, que en paz descanse…ahora está en Sierra Leona, fíjese usted si se ha ido lejos…no para, es por su trabajo, es gerente de una ONG y siempre está supervisando proyectos, creo que sólo le falta por visitar Australia…es clavado a su padre, cortados por el mismo patrón, siempre se lo digo, aunque él bien que lo sabe ya.
-Vaya, Sierra Leona…pero… ¿allí no están en guerra? –preguntó Marina adivinando la inquietud de todos.
-Ahora no, que yo sepa, al menos mi hijo no me lo ha dicho.
-Siempre ha sido un país muy inestable, pero ahora creo que llevan un tiempo sin guerras –observé.
-Hace años salieron noticias de la guerra en Sierra Leona, las cosas se pusieron muy mal para la gente de allí. Claro que como en África hay tantos conflictos puede que me confunda de países –dijo Marina.
-Ay, por favor, no me asustéis –dijo Carme mordisqueando una de las patillas de sus gafas-. Que a mí me da un poco de miedo que viaje a estos países, pero no le digo nada, es su trabajo, no le queda más remedio que ir…qué se le va a hacer…mientras él está fuera sube mucho a verme un vecino, es muy amable, me hace mucha compañía.
-¿Es un hombre mayor, de su edad, o más joven? –pregunté.
-Comparado conmigo es joven, claro, tiene cincuenta años, medio siglo recién cumplido –respondió Carme adoptando un gesto satisfecho al hablar de su amigo-. Viene aquí, hablamos, me cuenta cosas de su trabajo…
-¿Tiene familia él? –pregunté.
-No, no tiene, vive solo.
     Lo había intuido casi sin querer, de ahí la pregunta; quizás el hombre habría subido a verla igual de haber tenido familia, no pretendo afirmar lo contrario…la única conclusión que saqué fue que a ciertas edades a nadie le gusta estar solo; se puede acabar echando de menos una familia, para no hallar el hogar vacío, sin voces que lo animen, día tras día. Pensé que quizás Carme le recordaba a aquel hombre a su madre, y a la inversa, él le recordaba a Carme a su hijo…y descubrí que mi imaginación no iba a descansar ni en las tertulias, no llevaba ni diez minutos y ya estaba disparada.
-Bueno, Carme, ¿quiere usted un zumo y unas galletas? –le ofreció Marina sacando una caja de la bolsa que había traído.
-¿Habéis traído merienda? No hacía falta, de verdad, ¿por qué os habéis molestado?
-No es molestia, no se preocupe.
     La señora Carme hizo un tímido amago de ponerse en pie pero se detuvo al ver a Marina sacando unos vasos de plástico de la bolsa.
-Traéis vasos, habéis pensado en todo.
-Claro, así no tiene usted que lavar nada –dijo Marina mientras abría la caja de galletas.
     Yo era el que estaba más cerca del sofá, y le acerqué a Carme un vaso con zumo de piña y uva y le ofrecí el surtido de dulces. Ella cogió una galleta y el vaso y se lo acercó a los labios para dar un pequeño sorbo.
-Y nos decía que su hijo estaba en…en…Guinea, ¿no? –dijo Marina.
-No, en Sierra Leona –le recordé.
-Ay, sí, eso…Sierra Leona.
     No debía ser fácil meterse en una tertulia con una persona mayor después de haber estado trabajando todo el día; a Marina le había fallado el cambio de chip y se había equivocado de país.
-En Sierra Leona, sí…clavado a su padre que es el hombre, no puede estarse quieto en ningún sitio…es que mi marido viajaba mucho a causa de su trabajo, y todos con él, quizás por eso mi hijo ha salido así de viajero.
-¿Viajaban mucho ustedes cuando eran más jóvenes? –preguntó Oriol.
-Sí, no parábamos quietos nunca…era a causa del trabajo de mi marido, entró a trabajar en una petrolera, y recorría toda Europa para hablar con clientes y buscar otros nuevos…siempre que podía nos llevaba con él, se sentía más acompañado con nosotros al lado; estuvimos en Londres, en Budapest, en Munich, en Roma, en tantos y tantos sitios que ya ni los recuerdo todos…tengo ahí una caja de recuerdos con un montón de tarjetitas de hoteles y de postales, durante un tiempo me aficioné a coleccionarlas, para luego poder acordarme de todos los sitios a los que fui. Con deciros que he vivido cuarenta años en París, con eso os lo digo todo…y no creáis que me quedaba en casa cuando mi esposo se iba de viaje sin nosotros, me cogía a los niños, porque tengo otra niña, la pequeña de la pareja, y me iba por mi cuenta a visitar más países, me iba sola con mis hijos a Alemania, a Austria, a Checoslovaquia…
-Vaya, Carme, no siga que me está dando envidia –dije tratando de hacer una broma-. Que yo lo más lejos que he ido ha sido a Andorra.
     Oriol rió con ganas; Jordi también, saliendo de su mutismo.
-Ay, ¿con lo baratos que están los viajes hoy en día y sólo has ido a Andorra? –me preguntó Carme.
-No, bueno, era una broma –aclaré-. También he ido a Madrid. No soy de altos vuelos que digamos.
-Pues di que sí, que Andorra es la mar de bonito, con todas esas montañas y esos valles.
-Ah, y también he estado en Girona –añadí.
-Ah, ¿sí…? ¿Has estado en Girona, tan lejos? Ja, ja…qué gracioso es este chico. 
-No tenía usted miedo, ¿eh, Carme? –dijo Oriol.
-¿Miedo? Yo no, miedo nunca he tenido, siempre fui una mujer valiente. Me gustaba ver lugares nuevos y no me arredraba ante nada, bien tenía que ocupar los días y las semanas en que no veía a mi marido.
-Cuarenta años en París…–empecé a decir-. Hablará usted francés tan bien como el catalán o el castellano.
-Pues sí, llegué a conocer París como la palma de mi mano. Ahora, es curioso, porque Francesc, el chico de vuestra asociación, también ha vivido una temporada en París, y me trajo un plano en el que pudimos ver dónde vivió él, y dónde viví yo, los sitios a los que solíamos ir…me trajo unos recuerdos…recordé Montmartre, el Bois de Bologne, el Parc du Montsouris, el Bois de Vincennes, los parques de París son muy bonitos, me vinieron a la cabeza con tal nitidez que creí estar recorriéndolos de nuevo con mi familia. Uno de los barrios en que vivimos fue Passy, en el distrito dieciséis creo recordar, había unas casas antiguas preciosas, y también vivimos al lado del Hospital Americano…Passy era un barrio muy tranquilo, y la de gente que conocimos allí...era gente acomodada, muy educada, nos invitaban de vez en cuando a sus casas de campo. Para los niños fue una experiencia muy grata, podían jugar a tenis o montar a caballo con los niños franceses, aprendieron el idioma enseguida. Fue una época muy bonita, un fin de semana hasta conocimos a los Sarkozy, aún me acuerdo del pequeño Nicolás, siempre me lo encontraba por las mañanas en la panadería cuando iba a por su cruasán…y ver ahora hasta dónde ha llegado, presidente de la República, quién lo hubiera dicho habiéndole visto tan crío…
     Carme habló sin parar durante un buen rato, yo estaba sorprendidísimo con todas las experiencias que nos relataba…durante la semana había especulado sobre qué iba a encontrarme en la tertulia y, claro, había supuesto que escucharía historias de médicos, de los hijos, de la guerra y la posguerra…pero no hubiera podido imaginar encontrarme con una señora tan bien relacionada. Aunque ya me habían advertido que también iba a encontrarme con usuarias de clase alta, no dejaba de sorprenderme lo que llegaba a mis oídos. Carme siguió hablando, nosotros escuchábamos atentamente, la mujer tenía tantas ganas de hablar que parecía casi de mal gusto interrumpirla con alguna pregunta.
-…a veces nos invitaba a su casa de campo el jefe de mi marido, uno de los directivos de la petrolera, y nos trataba igual que si fuéramos amigos de la familia…eran gente muy refinada, educadísima, muchas veces se dice de este tipo de gente que son esto y lo otro, pero de verdad, cuando vi a un hombre tan importante y con tanto dinero levantarse de la mesa para hacerme un café, a mí, ya me diréis, a la esposa de un empleado, te das cuenta de que son gente tan humilde y tan sencilla como lo pueda ser cualquiera…
     Pensé que me había salido un pelín elitista la señora, y tal pensamiento me hizo sonreír solapadamente. Al mirar las caras de mis compañeros no atisbé en ellas variación alguna, excepto en la de Marina, cuya expresión se había ensombrecido sensiblemente, como si las palabras de Carme le estuvieran incomodando un poco.
-…si llegamos incluso a conocer al séquito de un príncipe saudí, de la familia del rey Fahd, nos reunieron en un hotel y nos dieron un banquete…yo no sé cuánto dinero se debieron gastar, pero estaba todo exquisito, y la gente era muy guapa, muy educados todos…
-Sí, vamos –comentó Marina-. Los de las petroleras, ya se sabe, una gente majísima.
     Marina, aunque fuese irónicamente, había querido dar su opinión sobre el tema. Pero Carme no lo percibió, o no quiso darse cuenta, porque siguió hablando y hablando hasta que se le acabaron las anécdotas de ese tipo. Normal que Marina no pudiera callarse; conocer a alguien que hablase bien de las petroleras y de sus magnates, a estas alturas de la película, era todo un hallazgo.
-Vaya, Carme, sí que tiene usted recuerdos para pasar el día acompañada, vaya vida que ha llevado, ¿eh? –dijo Oriol cuando Carme dejó de hablar.
-Pues sí, no me puedo quejar…algunas personas se angustian cuando llegan a viejas, pero yo no, de verdad…si no tuviera los años que tengo no habría vivido lo que he vivido, es de sentido común. Simplemente es cuestión de aceptar la vejez, es parte de la vida, creo yo.
-Pero ahora está bien, ¿verdad?
     Pensé que era una pregunta un tanto curiosa. Que si estaba bien, le preguntaba…una mujer de su época, con la vida que había llevado, como para sentirse mal o arrepentirse de algo…
-Desde luego, y tanto que se la ve bien…no aparenta la edad que tiene, parece que tenga setenta como mucho, ¿a que sí? –añadió Marina instándonos a asentir mientras Carme sonreía halagada.
-Sí, desde luego –dijimos Jordi y yo.
-Al menos ya tiene cosas para explicar, ya –prosiguió Oriol.
-Sí, y unas ganas de hablar tremendas, ya lo podéis ver. Antes, cuando vivía mi marido, podía hablar con él y compartir los recuerdos, pero ahora…paso tanto tiempo sola que cuando pillo a alguien por banda no puedo parar de hablar, parezco un loro.
-¿Hace mucho que murió su marido? –preguntó Marina.
-Cinco años hará ahora en septiembre –respondió Carme mudando de expresión-. Un cáncer de huesos, sufrió mucho mi pobre marido. Ya había tenido un cáncer a los cincuenta años, de pulmón, y sobrevivió, pero este segundo…casi acabó deseando que le llegara la hora, pobre hombre, de tanto que le dolía…
     Empezó a describir algunos de los síntomas del cáncer padecido por su marido y desconecté unos minutos de la tertulia; había sido todo tan positivo hasta aquel momento que sentí dolor ajeno por el terrible final de su esposo. Él nos observaba desde la foto enmarcada que, vista en perspectiva, parecía descansar sobre la nariz grande y ganchuda de su viuda. Curiosamente no llegué a preguntar a Carme cuál había sido exactamente la profesión de su marido, un hombre con unos jefes y unos clientes tan bien situados…deduje que posiblemente habría ejercido de agente comercial, o de relaciones públicas, algo de ese estilo, y ya no se me ocurrió preguntárselo...
-¿Y su hija? –inquirió Marina-. ¿Viene mucho a verla su hija?
-Pues no, no puede, ella vive lejos, en L’Escala. Viene algunos fines de semana, cuando puede, y trae a mis nietos, son esos niños de las fotos que veis ahí.
     En las fotos salía una mujer joven sosteniendo en brazos a una niña pequeña, esa misma niña o su hermana aparecía en otra, más mayor, con el vestido de la primera comunión; también había un niño disfrazado de pirata, apuntando con un sable a la cámara…el mueble se había convertido en una especie de altar dedicado al recuerdo de su familia.     
-Son de mi hija, mi hijo no se ha casado –aclaró Carme.
-Tiene que pedirles a sus hijos que vengan más a verla, que la tienen un poco abandonada, Carme –le aconsejó Oriol-. No podrán decirle que se aburren, con las historias que usted explica.
     Carme se ajustó las gafas con su dedo índice y se puso súbitamente seria, alzando el mentón, como si le hubieran herido en su orgullo. Pero sólo fue un instante, luego apartó la vista, cambió de postura en el sofá y, como hablando consigo misma, nos dijo:
-No, no les diré nada, ¿por qué habría de decírselo…? Ellos tienen sus trabajos, sus vidas, mi hija tiene a su familia, vienen a verme cuando pueden, no les pediré nada…no, a mí no me vais a oír quejarme de mis hijos o de mi situación, es la que es y ya está, jamás se me ocurriría decir que mis hijos no me tienen atendida, no van a salir de mi boca esas palabras.
     La mujer mostraba una fidelidad a sus hijos incondicional, encomiable, tanta que no era capaz ni de hacerles el más mínimo reproche. Me pregunté lo que tantas veces me había preguntado, si tan terrible es vivir con una madre anciana en la misma casa. Marina se apresuró hábilmente a cambiar de tema, e invitó a Carme a que viniera a la fiesta que los Amics de la Gent Gran ofrecían a sus usuarios una semana antes de San Juan.
-Ya me lo dijo Francesc, y también organizáis fiestas en Sant Jordi y en Navidad, ¿verdad?
-Sí, vienen los voluntarios con sus amigos, con las personas mayores, bailamos, tomamos algo…está muy bien, debería usted venir –le explicó Marina.
-Me gustaría, pero no sé si ir –dijo Carme en lo que a mí me pareció un arranque de timidez-. Es que me mareo con mucha frecuencia, no sé si estoy para muchas fiestas.
-Bueno, como usted quiera, Carme, si cambia de opinión y se anima se lo comenta a Francesc y él la llevará.
-No sé, no me gustaría causar ninguna molestia, si me diese algún mareo en la fiesta…
-No se preocupe, por favor, no sería ninguna molestia –insistió Marina-. Si en este tipo de encuentros ya está todo preparado por si alguien se siente indispuesto o toma una copa de más.
-Anda, ¿tomáis champagne en estas fiestas? –preguntó Carme sorprendida-. Pues a lo mejor cambio de opinión y me apunto, hace tiempo que no pruebo el champagne.
-Tomamos pero con moderación, no se piense –aclaró Marina-. No creo que nos dejasen llevarnos a la gente mayor de fiesta para emborracharles, no estaría muy bien visto.
-Ja, ja –rió Carme-. Desde luego que no, no creo que las familias quedasen muy contentas con la asociación.
-El alcohol mejor dejarlo para la juventud, y ni eso, si me apura, que ahora hay unas tasas de alcoholismo juvenil que asustan –dijo Marina.
-Es que los tiempos han cambiado, sobre todo para las mujeres –dijo Carme-. Antes estaba mal visto ver a una mujer borracha, causaba mala impresión, ahora fuman, beben, salen con quien quieren…como los chicos, vaya, afortunadamente hemos avanzado algo al respecto.
-Sí, afortunadamente –apuntó Marina mirando su reloj.
     Yo también miré la hora en mi teléfono móvil, y me sorprendió que la hora y media de visita hubiera pasado tan rápido.
-Bueno, Carme, nos tendremos que ir yendo, ha sido un placer conversar con usted –dijo Marina mientras llenaba una bolsa vacía con los vasos y el envoltorio de la caja de galletas.
-¿Ya se ha pasado la tarde? –preguntó Carme sorprendida-. Quién lo diría, se me ha pasado volando…cuando una está a gusto se pasan las horas que ni te enteras.
     Nos alzamos de nuestras sillas y besamos todos a Carme. No sabíamos cuándo podríamos volver a verla, ni si la volveríamos a ver; a tales alturas de la vida el tiempo se convierte en un lujo, un lujo increíblemente frágil, volátil.
-Esperad un momento, que no os he enseñado el piso –dijo Carme abriendo la puerta de su habitación.
     Recordé las palabras de Marina y me sentí incómodo al ver a Carme con tan nulas ganas de que nos fuéramos. Nuestra marcha significaba para ella volver a la soledad, a la fría incomunicación de las paredes de su piso, pero no podíamos hacer nada por evitarlo; no éramos sus hijos, ni éramos parientes suyos, simplemente habíamos sido sus contertulios durante una tarde y había llegado el momento de irnos a nuestras casas. La señora nos mostró su piso, que era igual de sobrio que la sala de estar, y nos acompañó a la puerta repartiendo halagos, agradecida por nuestra visita.
-Hala, que vaya bien, guapos, ojalá volvamos a vernos, sois muy majos, me lo he pasado muy bien.
-Adéu, señora Carme –nos despedimos.
     La puerta se cerró, dejando a Carme sola en el piso y a nosotros esperando el ascensor.
-¿Qué te ha parecido? –me preguntó Marina en cuanto llegamos a la puerta del edificio.
-Muy bien, no me lo esperaba.
-¿Qué no te esperabas?
-Que la mujer estuviese tan bien, y con tanto ánimo, que nos explicase esas historias, es una señora muy interesante.
-Me alegro de que te haya gustado –dijo Marina besándome las mejillas-. Bueno, adéu, Oriol, Alex…he de irme, nos vemos de aquí a dos semanas.
-Vale, nos vemos –me despedí.
-Adéu –dijo Oriol.
-Adéu –dijo Jordi.
     Empecé a caminar, y por el camino no dejaba de reflexionar acerca de lo duro que debía ser pasar el ocaso de la vida sola en un piso, sin más compañía que la que te quisieran dar, habiendo llevado una vida tan emocionante y tan plena como la que había llevado Carme…no creo que fuera fácil, cuanto menos la mujer debía estar experimentando un tremendo contraste. Y pensé, como consuelo, que las generaciones anteriores a la mía estaban formadas por gentes más duras, más capaces de afrontar los reveses de la vida; que eso las salvaba de hundirse demasiado en sus propios pesares y les permitía mostrarse animadas aunque por dentro estuvieran sufriendo. Contento por cómo había ido mi primer día como voluntario y con ganas de llegar a casa para explicárselo todo a mi madre, recorrí en sentido inverso la calle Bailén.

 

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada