dissabte, 1 de juliol de 2017

Maestros de la poesía vol.7

POESÍA


Suelo. Nada más.
Suelo. Nada menos.
Y que te baste con eso.
Porque en el suelo los pies hincados,
en los pies torso derecho,
en el torso la testa firme,
y allá, al socaire de la frente,
la idea pura y en la idea pura
el mañana, la llave
-mañana- de lo eterno.
Suelo. Ni más ni menos.
Y que te baste con eso.






Ahí, detrás de la risa,
ya no se te conoce.
Vas y vienes, resbalas
por un mundo de valses
helados, cuesta abajo;
y al pasar, los caprichos,
los prontos te arrebatan
besos sin vocación,
a ti, la momentánea
cautiva de lo fácil.
"¡Qué alegre!", dicen todos.
Y es que entonces estás
queriendo ser tú otra,
pareciéndote tanto
a ti misma, que tengo 
miedo a perderte, así.

Te sigo, espero. Sé
que cuando no te miren
túneles ni luceros,
cuando se crea el mundo
que ya sabe quién eres
y diga: "Sí, ya sé",
tú te desatarás,
con los brazos en alto,
por detrás de tu pelo,
la lazada, mirándome.
Sin ruido de cristal
se caerá por el suelo,
ingrávida careta
inútil ya, la risa.
Y al verte en el amor
que yo te tiendo siempre
como un espejo ardiendo,
tú reconocerás
un rostro serio, grave,
una desconocida
alta, pálida y triste,
que es mi amada. Y me quiere
por detrás de la risa.




PEDRO SALINAS (1891-1951)


dimarts, 28 de març de 2017

Maestros de la poesía vol.6

PALABRAS
PARA TI AMOR MÍO


Fui al mercado de pájaros
Y compré pájaros 
Para ti
amor mío
Fui al mercado de flores
Y compré flores
Para ti
amor mío
Fui al mercado de hierros viejos
Y compré cadenas
Pesadas cadenas
Para ti
amor mío
Después fui al mercado de esclavos
Y te busqué
Pero no te encontré
amor mío.






LAMENTO DE VINCENT


En Arlés donde el Ródano fluye
En la luz atroz del mediodía
Un hombre de fósforo y de sangre
Lanza un lamento obsesionante
Como una mujer que da a luz un niño
Y su ropa se pone roja
Y el hombre huye aullando
Perseguido por el sol
Sol de un amarillo estridente
Hacia un burdel próximo al Ródano
El hombre llega como un rey mago
Con su absurdo presente
Su mirada es azul y dulce
La verdadera mirada lúcida y loca
De los que todo lo dan a la vida
De los que no tienen celos
Y enseña a la pobre muchacha
Su oreja en un trozo de lienzo
Y ella llora sin comprender nada
Asaltada por tristes presagios
Y mira sin atreverse a cogerla
La horrible y tierna concha
Donde los lamentos del amor muerto
Y las inhumanas voces del arte
Se confunden con los murmullos del mar
Y van a morir sobre las baldosas
Del cuarto donde el edredón rojo
De un rojo de pronto brillante
Mezcla este rojo tan rojo
A la sangre más roja todavía
De Vincent medio muerto
Y sereno como la imagen misma
De la miseria y del amor
La muchacha desnuda sola sin edad
Mira al pobre Vincent
Que se desploma fulminado
Por su propio rayo
Tendido ya sobre su más bello cuadro
Y la tormenta se apacigua indiferente
Se va haciendo rodar sus grandes toneles de sangre
La deslumbrante tormenta del genio de Vincent
Y Vincent se queda durmiendo soñando agonizando
Y el sol por encima del burdel
Como una naranja loca en un desierto sin nombre
El sol de Arlés
Da vueltas aullando.




JACQUES PREVERT (1900-1977)


dilluns, 27 de febrer de 2017

Esmeralda






Nunca se había mirado en las turbias aguas de los ríos que solo le habrían devuelto el rumor más o menos ruidoso de la corriente. Por eso Esmeralda no era consciente de su cuerpo elástico, de sus piernas esbeltas y fuertes, de las franjas negras que cruzaban su blanco rostro como si este fuera el lomo de una zebra, ni del cabello albino que señalaba su paso con la precisión de un punto luminoso. Se movía velozmente, ignorando los latigazos que la frondosa vegetación propinaba a su cuerpo. Bajó las palmas de sus manos a tierra, para superar un pronunciado talud que le cortaba el paso, y apoyándose en las nudosas raíces de los árboles llegó a una porción de terreno en que la luz del Sol se hizo cegadora, demasiado brillante para unas pupilas acostumbradas a la penumbra que formaban las bóvedas de vegetación. Protegió sus ojos haciendo visera con una mano, y envió una orden mental para llamar a la criatura que la había informado del extraño rumor que corría por la selva. La criatura le contestó que estaba muy cerca del claro del bosque, y que con sus propios ojos podría juzgar si la alarma estaba justificada. Esmeralda cortó la comunicación, olió el aire más cargado de humedad que de costumbre, y se distrajo inocentemente con la textura anaranjada que adquiría la luz al rebotar entre las enormes hojas de los helechos. Solo el silencio pudo sacarla de aquel desconocido entretenimiento, un silencio pesado como nubes de tormenta, que despertó en ella los mecanismos de defensa que se habían relajado durante su ingenua contemplación. De un salto alcanzó la rama de un árbol, y saltando de rama en rama llegó al corte milimétrico que separaba al bosque de una superfície arenosa de varios kilómetros de diámetro. Entonces los vio, su cuerpo sufrió un espasmo, y apenas su frente y los ojos, hábilmente camuflados, sobresalían tres dedos del cilindro de madera. Nunca pudo precisar exactamente qué había visto, ni decir si la había asustado o no...sintió la vaga angustia de lo desconocido, y una curiosidad que su mente instintiva apenas pudo reprimir. Eran los insectos más grandes que había visto en su vida, de un tamaño totalmente desconocido en aquellos parajes...había mantis religiosas de tamaño monstruoso, escarabajos rinoceronte topando contra los árboles, orugas y ciempiés que se alzaban dos metros del suelo, y hormigas y termitas gigantescas que poco a poco iban ampliando el óvalo de arena...hipnotizada los estuvo observando hasta que su amiga le envió una orden, era hora de volver, una mano invisible estaba extendiendo la sábana de la noche sobre las copas de los árboles...






...y Esmeralda arqueó el cuerpo, cayó de pie y emprendió una de sus habituales carreras entre los laberintos de maleza. Sentía muchas ganas de preguntar a las criaturas del bosque qué opinaban de aquellos nuevos visitantes...en su vientre cosquilleaba el fuego de lo desconocido.






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dissabte, 18 de febrer de 2017

haikús vol.18

Lenta calima
golfos descamisados
matan el tiempo






Piedra pesada
camino tortuoso
la cumbre brilla






Siete tortugas
desovan en la playa
llorando nácar






La meva passió
veure't nua i blanca
pansint la Lluna






(Traducción)
Es mi pasión
verte desnuda y blanca
eclipsando la Luna





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dissabte, 11 de febrer de 2017

haikús vol.17

Monte perdido
el oso corpulento
peina su bosque






Un astronauta
colgado de las eras
vuelve al hogar






Labios marchitos
los recuerdos tenaces
los resquebrajan






No sé qué haré
si me pides que mienta
tan fácil no es






El loto azul
se abre extasiado
al Sol matinal






Llanto sentido
refleja la grandeza
del mármol final






Frío y calor
dos entes enfrentados
amor bipolar






divendres, 3 de febrer de 2017

haikús vol.16

Desierto rojo
caravana perdida
desbaratada






Malos augurios
resuena en el viento
un eco glacial






Noche de Reyes
ilusiones robadas
al tiempo fugaz






Orgasmo fiero
mejillas encendidas
luego la calma






Te abres al Sol
una Luna confusa
te crucificó






dissabte, 26 de novembre de 2016

Maestros de la poesía vol.5

TRILCE
XXXIV


Se acabó el extraño, con quien, tarde
la noche, regresabas parla y parla.
Ya no habrá quien me aguarde,
dispuesto mi lugar, bueno lo malo.

Se acabó la calurosa tarde;
tu gran bahía y tu clamor; la charla
con tu madre acabada
que nos brindaba un té lleno de tarde.

Se acabó todo al fin: las vacaciones,
tu obediencia de pechos, tu manera 
de pedirme que no me vaya fuera.

Y se acabó el diminutivo, para
mi mayoría en el dolor sin fin
y nuestro haber nacido así sin causa.






POEMAS EN PROSA
EL BUEN SENTIDO


Hay, madre, un sitio en el mundo que se llama París. 
Un sitio muy grande y lejano y otra vez grande.

Mi madre me ajusta el cuello del abrigo, no porque
empieza a nevar, sino para que empiece a nevar.

La mujer de mi padre está enamorada de mí, viniendo
y avanzando de espaldas a mi nacimiento y de pecho
a mi muerte. Que soy dos veces suyo: por el adiós y por
el regreso. La cierro, al retornar. Por eso me dieran tánto
sus ojos, justa de mí, in fraganti de mí, aconteciéndose
por obras terminadas, por pactos consumados.

Mi madre está confesa de mí, nombrada de mí. ¿Cómo
no da otro tanto a mis otros hermanos? A Víctor, por
ejemplo, el mayor, que es tan viejo ya, que las gentes
dicen: ¡Parece hermano menor de su madre! ¡Fuere porque
yo he viajado mucho! ¡Fuere porque yo he vivido más!

Mi madre acuerda carta de principio colorante a mis
relatos de regreso. Ante mi vida de regreso, recordando
que viajé durante dos corazones por su vientre, se ruboriza
y se queda mortalmente lívida, cuando digo, en el 
tratado del alma: Aquella noche fui dichoso. Pero, más
se pone triste; más se pusiera triste.

-Hijo, ¡cómo estás viejo!

Y desfila por el color amarillo a llorar, porque me
halla envejecido, en la hoja de espada, en la desembocadura
de mi rostro. Llora de mí, se entristece de mí.
¿Qué falta hará mi mocedad, si siempre seré su hijo?
¿Por qué las madres se duelen de hallar envejecidos a sus
hijos, si jamás la edad de ellos alcanzará a la de ellas?
¿Y por qué, si los hijos, cuanto más se acaban, más se
aproximan a los padres? ¡Mi madre llora por que estoy
viejo de mi tiempo y porque nunca llegaré a envejecer 
del suyo!

Mi adiós partió de un punto de su ser, más externo
que el punto de su ser al que retorno. Soy, a causa del
excesivo plazo de mi vuelta, más el hombre ante mi madre
que el hijo ante mi madre. Allí reside el candor que hoy
nos alumbra con tres llamas. Le digo entonces hasta que
me callo:

-Hay, madre, en el mundo un sitio que se llama
París. Un sitio muy grande y muy lejano y otra vez 
grande.

La mujer de mi padre, al oírme, almuerza y sus ojos
mortales descienden suavemente por mis brazos.




CÉSAR VALLEJO  (1892-1938)